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El futuro nos alcanza

En la historia de la humanidad existe una intención mítica, real y honda por predecir el futuro. Lo constatamos desde la consulta más antigua del I Ching; la interpretación de los sueños; la ouija para consultar a los espíritus; la lectura de vidas pasadas, de la mano y del café turco; las creencias en los ángeles que conectan con una dimensión espiritual; la lectura del aura, y la de las ruinas entre los nómadas escandinavos; el horóscopo celta, chino, asirio, egipcio; la brujería; y muchos grupos espirituales y esotéricos que intentan adivinar el futuro… Todos los seres humanos, incluyendo a los filósofos, los poetas, los científicos y los economistas, sin distinción, tratan de adivinar el futuro y determinar el ideal, el éxito y el sentido de la vida. Esta pregunta es tan antigua como la humanidad misma, pero al final nadie tiene una bolita mágica. Sólo podemos vislumbrar aproximaciones y, en algunos casos, hasta mentiras y contradicciones.
EL FACTOR HUMANO
Hoy en día, dejando de lado el mundo esotérico, pero sin restarle valor, podemos decir que contamos con instrumentos y metodologías que pueden ayudarnos a entender el futuro y predecir el éxito de los negocios. Por ejemplo, las comparaciones entre historias de éxito y fracaso, las tendencias históricas, el análisis de los expertos, la visión profunda de los diagnósticos, los modelos matemáticos que no tienen nada de magia, así como los hechos tangibles: el calentamiento global, la robotización, la globalización, la automatización de la industria y el uso de aplicaciones que nos han rebasado.
Dejemos el futuro lejano y etéreo por un momento para enfocarnos sólo en las grandes empresas y proyectemos la visión de lo que pasará en los siguientes diez años.
El péndulo que se balancea entre la intuición esotérica y la lógica, me dice, sin arrogancia, que los emprendedores enfrentarán cada vez más competencia entre ellos y estarán sujetos a presiones de desempeño más complejas. La batalla por la competitividad se librará en muchos terrenos, tecnología, mercadeo, finanzas, aplicaciones, el big data; sin embargo y a pesar del esplendor de la digitalización de hoy, el ser humano será el factor clave que permitirá que una empresa se distinga y crezca. Durante muchos años no se le dio valor al factor humano, pero las empresas que apuntan hacia el desarrollo conocen la importancia de una buena selección de intrapreneurs, aquellos que innovan desde el corazón de las empresas.
Si una empresa quiere tener éxito tendrá que crear un sistema de creencias y valores humanos sustentables, contar con planes estratégicos que los concreten y con ejecutivos congruentes que apliquen y desarrollen su inteligencia emocional
para impulsar la creación de verdaderos equipos de trabajo.
DESMITIFICAR EL ÉXITO
Mis hijos asistieron a un colegio metacongnitivo que, en la escuela primaria, nunca les permitió usar equipos digitales. Cuando después de jugar con lodo y barro, cultivar hortalizas, leer cuentos, relacionarse con sus compañeros cara a cara, jugar sin el uso de tabletas, finalmente tuvieron que usar los gadgets, aprendieron -en pocas horas- las aplicaciones y las metodologías digitales; es decir, trabajaron primero sus habilidades relacionales y no la cibernética. En los próximos años, las puertas estarán abiertas para quienes sean capaces de gestionar el talento humano, tengan una visión integral y respeten el planeta.
Existen innumerables teorías sobre cómo alcanzar el éxito y ser un ganador. La mayoría de ellas se basan en conceptos idealizados, como, por ejemplo, el del jefe “perfecto”, el del estilo de liderazgo “correcto”, el perfil de personalidad “ideal”.
El éxito parte de la individualidad y no de modelos ideales, como está escrito en el oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo”. Si conoces tu propio temperamento, entenderás a los demás y podrás influir positivamente evitando conflictos innecesarios. Los sistemas se aprenden rápido, pero no sucede lo mismo con las emociones.
El futuro es incierto, nos inquieta, nos apasiona y jugamos con la incertidumbre. Eso es lo que nos mantiene vivos. Concluyo con una frase de Cicerón y Séneca: Omnia mea mercum porto, cuya traducción más cercana es: “Todos mis bienes los llevo en mí”. Es decir, trabajar en uno mismo es el futuro y no tiene nada que ver con la magia, las matemáticas o el azar. Como me dijo mi amigo Alberto Navarro: “No sólo somos los arquitectos de nuestro destino, sino también sus albañiles»

Jorge Andere Martínez

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