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Empoderamiento de la mujer

Se levantó la mujer del diván y su psicoanalista le dijo:
“La próxima vez, trabajaremos con el inconsciente”.
“¡Uy, doctor no creo que mi marido, quiera venir!”.

Eso me recordó el breve diálogo que tuvimos mi amigo Rafa y yo en una de tantas veces que nos despedimos:

  • Cuando veas a Jorge, me lo saludas –me dijo Rafa.
  • ¿Cómo Rafa? ¡Si Jorge soy yo!
  • Por eso, cuando puedas contactar contigo, cuando tengas tiempo de estar a fondo contigo y puedas percibir la otredad de los demás la realidad de allá afuera.

El empoderamiento es un tema que nos responsabiliza en la toma de consciencia tanto a la mujer como al hombre.

Especialmente en los hombres que crecemos sumergidos en la inconsciencia, engrilletados a un lenguaje machista que se nos inculca desde la cuna, creando distancia, violencia y discriminación.

Cuatro cadenas del lenguaje desembocan sobre el machismo que se respira en la cultura toda, no sólo de nuestro país, sino de todo el mundo, aunque haya facciones que lo nieguen y claramente se ve reflejado en las organizaciones.

  1. La semántica, o más simplemente el lenguaje con sus significados culturales, nos encaja y nos hace sentir falsamente seguros y seguras en sufijos como los “ismos”: machismo, feminismo “-Yo soy de aquí”- agregación, más que unión y al mismo tiempo disgregación (mujeres de Venus, hombres de Marte). Enajenación y discriminación (No seas mariquita, sólo te faltan las enaguas o tú pareces marimacha)…Un par de ejemplos que discriminan y crean violencia.
  2. El lenguaje de los hechos… Desafortunadamente, en el hogar que nos vio nacer y crecer, en la mayoría de los casos se establecía una competencia más o menos velada entre hombres y mujeres, entre esposo y esposa. Por más linduras que se dijeran respecto al valor de ambos sexos, lo que se hacía era otra cosa… Pero una verdad del tamaño del mundo es que al final lo que nos educa son los hechos y la reflexión sobre los hechos de nuestra vida familiar nos lleva a costumbres, ya no digamos valores, en general discriminativas: expresión de ternura claramente vetada para los hombres, pero sí violencia, sí prepotencia… y para las mujeres, una verdadera estructura de recato, de buenas palabras, de piernitas cruzadas, ser modositas, calladitas, de “favor que me hace”… etc. Recordemos ¿Mamá permitía los abusos de papá, por leves que éstos parecieran ser? ¿Papá apoyaba los esfuerzos profesionales de mamá y de las hijas? ¿Qué fue lo que vivíamos?
  3. Un lenguaje falso de las instituciones educativas, religiosas, gubernamentales y organizacionales que hablan de la igualdad y según los datos de la ONU (Hombres con empleo 70% comparado con el 41 % de las mujeres) Las mujeres ganan el 60 % del salario que ganan los hombres en trabajos iguales). Y miles más de datos duros.
  4. La intención de igualar. Vemos en el mundo actual un esfuerzo intenso de la mujer por igualar al hombre, por eliminar las diferencias. La verdad, y esto hay que reflexionarlo desapasionada y objetivamente, para que el empoderamiento de la mujer sea parejo al del hombre, es necesario comenzar por reconocer las diferencias entre ambos sexos; diferencias que nos ha marcado la naturaleza misma. Resulta ingenuo y falso el afirmar que mujer y hombre son absolutamente iguales. Somos esencialmente iguales pero existen enriquecedoras diferencias, nadie más, nadie menos sólo diversidad creativa. Estas diferencias que cada sexo puede reconocer y atesorar como propias, porque de esas diferencias inigualables y bellas son de las que surge el verdadero empoderamiento, tanto del hombre como de la mujer.

En el estado de la vida actual, con los prejuicios y fallas educativas que mencionábamos, no basta ver el problema como un simple cambio de paradigmas. Eso no soluciona nada; Tenemos que cambiar a nivel de lenguaje, de hechos desde los comportamientos familiares, hasta los enfoques educacionales de las escuelas y los religiosos de las iglesias y los sociales de las instituciones públicas y, por supuesto en el “aquí y ahora” hacer una verdadera reinvención de los líderes y directivos para que el cambio no quede en lindas declaraciones sino que se pueda comprobar con indicadores medibles.

Conocemos los decretos basados en la diversidad de género:

  • Promover la igualdad de género desde la dirección al más alto nivel.
  • Tratar a todos los hombres y mujeres de forma equitativa en el trabajo; respetar y defender los derechos humanos y la no discriminación.
  • Velar por la salud, la seguridad y el bienestar de todos los trabajadores y trabajadoras.
  • Promover la educación, la formación y el desarrollo profesional de las mujeres tanto como de los hombres.
  • Llevar a cabo prácticas de desarrollo empresarial, cadena de suministro y mercadotecnia a favor del empoderamiento de las mujeres.
  • Promover la igualdad mediante iniciativas comunitarias y cabildeo.
  • Evaluar y difundir los progresos realizados a favor de la igualdad de género.

Finalmente es importante entender el significado de la palabra “empoderamiento”. Se refiere a la acción o efecto de adquirir u obtener poder, es decir hacer poderoso y fuerte a individuos y/o grupos sociales.

En el caso del empoderamiento de la mujer debemos entenderlo como AUTO EMPODERAMIENTO, no esperen que los hombres les demos el poder, eso sería un absurdo, son ellas mismas quienes tienen que dárselo, precisamente por el hecho de ser mujeres. Volviendo al lenguaje, es mucho más precisa y justa la palabra “empoderarse” que la palabra “empoderar”.

Cierto, las mujeres y los hombres tendremos que crear igualdad de oportunidades, salarios, acceso a puestos gerenciales y directivos con igualdad de oportunidad. Esto ya está sucediendo en alguna medida, sobre todo si nos referimos, por ejemplo, a los años cincuenta del siglo XX.

Pero tenemos que reconocer que las empresas aún presentan una cultura machista y ya basta de diferenciaciones: ni las mujeres son de Venus ni los hombres de Marte, todos somos de la tierra y tenemos que crear juntos una sociedad justa e igualitaria desde que nacemos hasta el final de nuestras vidas, ese es el reto. ¿Qué sería sin las mujeres? ¿Qué sería sin los hombres?

Se levanta un hombre del diván…

Jorge Andere Martínez

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