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La nave perdida del COVID-19

Un viento fuerte encrespó el mar y levantó olas violentas. La barca en la que navegábamos se movía mar adentro, sin control, agitada por corrientes cruzadas. La madera vieja se movía sin rumbo en aguas furiosas. Por momentos, el remolino la dejó girando en el mismo punto. Las olas, cada vez más violentas, impedían ver el horizonte.
Después de varios meses, nuestra barca zarandeada entre el mar y el cielo, nos ha dejado ondas amargas. El miedo, convertido en angustia, ha trepado a nuestros pulmones.
Todo lo del COVID 19 nació en un mar globalizado, aparentemente en Wuhan. A pesar del desconfinamiento en algunos países, aún seguimos en el “aislamiento obligado”, desde donde surge una toma de conciencia, una trémula llama encendida con el dolor que nos impulsa a cambiar. Ya no queremos estar a la deriva, no deseamos navegar sin rumbo.
La propagación continua de la epidemia ha desencadenado múltiples cuestionamientos a formas de vida. El antivirus de la mente tendrá que construir una sociedad sin ideologías totalitarias o individualistas. Crear un mundo más humano, solidario y equitativo.
Qué triste que necesitemos de una catástrofe para corregir el rumbo de nuestra nave perdida en el oleaje de la deshumanización. Algunos pensadores, ecologistas conscientes del decrecimiento, lo venían anunciando como una profecía: “Hemos contaminado los cielos, los mantos freáticos”. El COVID se anunció, se vio como flecha fluorescente, pero penetró en nuestros pulmones de forma invisible.
Qué perdidos estamos como humanidad a pesar de tanto progreso tecnológico, estamos infinitamente desvalidos.
Este virus no distingue pobres de ricos, dueños de empleados, ciudadanos de estadistas, triunfadores de perdedores.
¿Cuál es el miedo que subyace al estar sumergidos en este mar violento? Además de la muerte, existen temores como la pérdida de libertad, la degeneración de las relaciones humanas, la soledad, el vacío de no poder tocar a nuestros seres queridos. Hoy contactamos a través de una pantalla, dependemos de las decisiones políticas y económicas de los gobernantes. Algunos más holgados, otros, han perdido su trabajo y su economía, lo que los tiene inmersos en la angustia.
¿Cuál será el futuro de nuestros niños y jóvenes, si hemos destruido nuestro planeta con mares pegajosos de petróleo, arrecifes allanados, radiación a puños en el cielo, borrado el verdor de los bosques y montañas, manchado el cristal de nuestros ríos?
En esta pandemia, en esta penumbra, me puedo quedar como espectador y dejar mi nave al garete con diatribas y condenas, o recuperar mi libertad siendo protagonista y responsable como persona y como empresa.
Después del trauma causado por la pandemia, ¿cómo puedo darle rumbo a mi barca quebrada? ¿Cómo puedo ser protagonista? ¿Cómo puedo evitar trastornos leves o permanentes en mi familia y en mis colaboradores? ¿Cuál es la Clave?
No soy partidario de los consejos, y menos de las recetas, porque cada quien está viviendo una realidad diferente en esta pandemia. Sólo me gustaría meditar con ustedes para juntos ampliar conciencia.
Decimos frecuentemente: “después de niño ahogado, a tapar el pozo”.
A partir de este quiebre en donde la tecnología tenía paralizada la conciencia, hoy es urgente cuidar la Tierra y recuperar los pámpanos y frutos, la vegetación, la biósfera y la diversidad. Cada quien desde su trinchera. Las grandes crisis nos pueden llevar a acciones, en apariencia insignificantes, que cambien nuestro destino y el de nuestros pequeños.
Es una época de purificar, de distinguir lo verdaderamente importante de lo superfluo, de diferenciar lo esencial del materialismo absurdo, de dejar de percibir el mundo como un objeto desechable, como lo menciona Zygmunr Bauman en su libro Vida Líquida.
Después del primer año de vida, uno aprende a caminar luego de varias caídas. Una de las principales preocupaciones de mi doctor posterior a la terapia intensiva, era que me pusieran de pie, “que camine lo más pronto posible”, decía Nacho.
Sin recetas, cada quien a nuestro ritmo, tenemos que recuperar la verticalidad. Volver a caminar siendo responsables, creativos. Encontrar nuevas formas de hacer negocio y recuperar el bienestar renunciando a la riqueza individualista y egocéntrica. Caminar unidos a nuestros equipos, buscando acuerdos.
Para cerrar esta reflexión, deseo desde el corazón, que por encima de todo, cuidemos la salud y la psico-higiene que disminuya los trastornos causados por la pandemia. Salir de la caverna con un pensamiento más humano y expansivo. Salir de la jaula materialista en la que estábamos antes de la pandemia, infautando la tecnología. Sin reduccionismo pero ahora integrando los avances tecnológicos al bienestar del grupo. Si meditamos y buscamos el sentido desde el interior, descubriremos que la vida tiene valor si caminamos y crecemos con los demás.
La brújula de esta barca perdida nos dirige hacia la recuperación del ser humano, en nosotros y en los demás, como lo afirma Teilhard de Chardin: “La Noosfera como conciencia es la capacidad de reflexión, capacidad de saber que sabe y cuida del medio ambiente”.

Jorge Andere Martínez

1 Comentario

  1. Muchas felicidades! Me encantó la perspectiva la suscribo casi por completo y comparto que la brújula de ésta barca nos dirige a nosotros mismos pero en nuestra real y verdadera esencia. Un abrazo!

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