empleo BLOG
Si mandamos a nuestros trabajadores a la calle… ¿Quién nos comprará el pan?

Antes de iniciar nuestra reflexión me gustaría examinar algunos datos reales de la situación laboral de nuestro país.
Del 100% de los que tienen alguna actividad remunerada:

56.1% militan en la economía informal y 43.9% en la economía formal. Este dato, ya de por sí, tiene un significado alarmante desde el punto de vista fiscal y, en general, sobre los resultados económicos del país, pero el principal factor de preocupación consiste en la visión engañosa sobre la situación del empleo.

México cuenta con 123 y medio millones de habitantes, según las proyecciones demográficas realizadas a partir del último censo de población para el 2017.

En 2016, el 46.2% -55.3 millones- vivían en la pobreza, según el reporte del Coneval.

El empleo representa un valor social y un valor económico, ambos pilares del desarrollo sustentable de un país. Así, el desempleo en época de elecciones, antes y después, es vital para la paz de una nación, es por eso que sexenio tras sexenio se ha venido enarbolando como bandera para atraer votos.

¿Quién de nosotros no ha visto cómo el ser humano se desmorona sin empleo? Casi todo puede funcionar mientras las familias tienen un trabajo estable pero cuando vemos que un familiar, amigo (a) o nosotros mismos perdemos el trabajo empezamos a vivir un resquebrajamiento profundo en nuestro ser.

Cuando no se tiene seguro lo básico, aumenta la actividad emergente y con ésta se da entrada al trabajo sucio, porque nadie soporta ver a sus hijos sin comer… y el trabajo sucio propicia y alimenta la corrupción y la inseguridad, conceptos que también se esgrimen, con promesas de eliminarlos, en las campañas electorales.

Es inevitable –todos lo hemos visto- que el amor se vaya perdiendo cuando la alacena otrora rebosante de todo tipo de comestibles, al menos los esenciales, empiezan a dejar ver las tablas del fondo vacías…

Alguna vez escuché a Roberto Sertvije decir: si despedimos gente… ¿Quién nos comprará el pan? Por eso su estrategia fue apostarle al crecimiento más que a la reducción de costos.

Justo el tema del decrecimiento o del crecimiento exiguo (otro elemento esgrimido en las promesas de campaña) tiene que ver con la automatización y la robótica porque el progreso se convierte en paradoja: por un lado simplifica y reduce costos con inteligencia pero deja en la calle a miles de trabajadores.

La idea de que el crecimiento económico favorece la cohesión social puede ser una verdad aparente porque aquél se traduce en agresiones al medio ambiente, agotamiento de recursos naturales escasos, causando el expolio humano y material de los países mal denominados pobres.

Si no hay ética y moral en los empresarios y políticos, si no logramos que el progreso signifique un valor práctico para todos y no sólo para unos cuantos, estaremos en realidad decreciendo.

Una producción orientada al consumo que nos empuja a trabajar todas las horas posibles para ganar todo el dinero del que somos capaces y gastarlo con la rapidez de una chispa, nos empuja a adquirir bienes materiales innecesarios convencidos de que así encontraremos felicidad.
El liberalismo sin conciencia es la destrucción del bien común y, por su parte, una sociedad totalitaria significa la muerte de la persona creativa por eso es necesario estimular la producción y el progreso individuales sin detrimento del bien común.

Difícil lograr ese balance entre el individuo y la colectividad pero cuando no existe una sana distribución de la riqueza y mientras los políticos sigan poniendo en práctica aquél nefasto adagio de que “un político pobre es un pobre político”, la sociedad se contamina y el progreso es destrucción.

Si sólo interesa el dinero, las empresas harán que se trabaje más por menos y si es posible buscarán en toda la automatización y la robótica y el deshacerse de los seres humanos que, a decir de muchos empresarios adoradores de lo material, sólo crean problemas.
No es posible que el empleo, que tanto se toma de estandarte en época de elecciones, a la hora de las prácticas de quienes lo usan para ganar no tenga ningún significado práctico y que el número de desempleados crezca cada vez más, por maquilladas que estén las encuestas y por oficiales que sean las cifras.

No es posible que en época de elecciones no se tome en cuenta el fundamento de nuestro bienestar: el empleo.
Sin trabajo la vida pierde sentido “Se trabaja para vivir”. Por eso gobierno y empresarios tienen que trabajar unidos y estar en lucha para mantener creativamente la productividad y el empleo para no mandar más gente a la calle sin un peso porque irán perdiendo consumidores, se vivirá en una economía que avanzará hacia la inactividad y el naufragio.

En época de elecciones hay que acabar con este modelo de empleo de “vida de esclavo” que no otorga felicidad alguna. Hay que crear empleos sin horarios inmisericordes al tiempo que cuidemos el ambiente de humanización de los mismos. El empleo digno no solo nos da supervivencia sino calidad de vida y unión con nuestro planeta tierra.

Hay que trabajar la tierra, el campo, apoyar producción orgánica y productos que nos impulsen a crear bienestar y por lo tanto el respeto y los valores inmateriales.

El craso materialismo que desprecia las necesidades humanas básicas no significa más que decrecimiento.

En época de elecciones impulsemos más que nunca la conciencia ante el liberalismo a ultranza; motivemos a los políticos a tomar en cuenta tanto lo individual como lo colectivo en la práctica, no en las promesas. En el plano individual, será responsabilidad de cada persona el replantear su modelo vital dentro de los límites del planeta. En lo colectivo, la minoría que ahora gana en exceso tiene la obligación moral de compartir en la medida de sus posibilidades y de humanizar con todos sus recursos a sus empresas e instituciones.

Es claro que el decrecimiento, como proyecto, no tiene cabida dentro de ningún sistema político y menos en un sistema que prioriza el capital por delante de las personas… pero sin ser un proyecto, es un hecho que puede constatarse día a día. Quien hace crecer al sistema es la persona, no las cajas fuertes.

El reparto del trabajo mediante la reducción de la jornada laboral.
La promoción de la vida social y el ocio creativo.
Una cuota básica de ciudadanía.
La descentralización de multitud de infraestructuras y administraciones sobredimensionadas.
La simplificación de ciertos sectores de la economía -industria militar, publicidad, construcción, aviación, automotriz… sin olvidar que simplificar no significa cortar aquí y allá, sino integrar mejor lo que existe.
El impulso de otros sectores -medioambiental, educativo, sanitario, agrario…- que, además de contribuir al crecimiento, generan más empleos-.
El fortalecimiento de la democracia sin demagogia.
La sobriedad y sencillez voluntarias.
Son algunos de los planteamientos sobre los que se asienta la filosofía del crecimiento.
Si no impulsamos el empleo y diversificamos el trabajo del hombre en todos los sectores,

¿Quién nos comprará el pan?

Jorge Andere Martínez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioPost comment