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La sustentabilidad y la conciencia

Un tema que en la actualidad genera mucha polémica entre los ecologistas, los defensores del medio ambiente y los ingenieros es el que se relaciona con la sustentabilidad.

¿Cómo podemos hacer para que el creciente consumo de recursos no haga que la naturaleza lleve a nuestra civilización al colapso e incluso al fin de la vida humana como la conocemos hoy? En la actualidad, existe un debate dialéctico entre los que aplauden la tecnología y el consumo masivo frente a quienes ven en éstos una degradación sin retorno de la naturaleza. Más allá de la polémica de este debate específico, me quiero referir a la sustentabilidad de la Tierra. Sustentabilidad que no se puede lograr sin que el ser humano tome conciencia de que él mismo es un ser “sustentable”.

Nuestra Gea (Tierra) malherida, nos dice que hay que tocar la vida a través de la expresión de amor a lo que nos rodea cuidando nuestro medio ambiente. “Ecología” proviene de la raíz griega oikos, casa: lugar donde vivir, lugar o campo en el que un árbol puede crecer. No sólo el árbol, el aire, la tierra, el agua, el hombre. Toda la vida que se esconde en las profundidades del mar; la vida de cualquier ser que se arraiga y que camina sobre la tierra, así como la vida de las aves que cortan el viento. Se trata de cuidar cualquier manifestación de vida, hacer el amor con la naturaleza, respetar sus leyes, amar la vida a partir del ser humano.
Nuestra civilización ha hecho lo contrario: ha provocado una alta contaminación del cielo, la tierra, el agua salada, los mantos freáticos. Hemos ensuciado nuestra casa planetaria con detritos y basura, con derrames de petróleo, fertilizantes y otros químicos; con elementos radioactivos —el agua cristalina se ha convertido en agua negra, en basura y en caldo de sargazo—. Ni qué decir de la contaminación acústica. Además, están los ataques directos: la depredación; el asedio a las especies; la caza de ballenas, elefantes y jirafas; el destrozo de arrecifes milenarios, la tala inmisericorde de montes, bosques y selvas.
La bella Gea se rebela a través del calentamiento global, la contaminación del aire, los recursos hídricos y el suelo, la pérdida de la biodiversidad, la erosión, la esterilidad de la tierra, la nube estratosférica de ozono que vivimos en CDMÉXICO, la degradación creciente de nuestra calidad humana y de nuestras relaciones.
La miopía de muchos gobiernos y empresarios hacen que a los trabajadores se les vea como productores de recursos materiales (capital humano) sin que les importe la repercusión de esta actitud en el medio ambiente y en la calidad de vida de las personas.
Confieso que casi todos los fines de semana salgo de la metrópoli y me voy al campo a buscar vida y, aún ahí, en Cuernavaca, ya encuentro ríos contaminados, latas, cartones, plásticos, residuos de fábricas y hospitales que atajan y ensucian.
Todos tenemos que crear conciencia, comunidad y hábitos ecológicos desde la familia y las escuelas. Tenemos que escuchar a nuestros niños, cuidar el medio ambiente, crear una composta, limpiar los atajos, sembrar árboles, cuidar una hortaliza, cultivar verduras en macetas o en cajas; cuidar los parques comunitarios; producir menos basura y dividirla, y muchos otros actos de amor como recuperar ríos, actividades en las que deben participar tanto los adultos como las familias, los vecinos y los trabajadores. Toda fábrica debería contar con su pequeño bosque, su composta y hortaliza, sus cultivos y sus animales. Todo esto nos haría más humanos.
Hay que dejarnos de teorías. Mi padre decía: “De lengua me echo un taco”, porque “hechos son amores cotidianos”, mientras que lo que vemos al caminar por las colonias y los parques es el resultado de la actitud insensible de la gente. Es peor aún, cuando tenemos que visitar sitios industriales. Es raro encontrar una fábrica que incluya entre sus acciones la mejora de su entorno. Pocas organizaciones trabajan el cuidado de la naturaleza como valor cívico y social. Raro es que los responsables del factor humano tomen el compromiso con veneración y gozo de cuidar el campo, los caminos, su entorno, de cultivar frutos y flores, de evitar el desperdicio, preferir los productos biodegradables, llenar el aire de música y no de sirenas, tabaco, diésel, humos negros.
¿Para qué trabajar, sin cuidar al ser humano y su medio ambiente? ¿Qué sentido tiene una vida sin respirar en los bosques, caminar sobre la tierra húmeda, disfrutar un atardecer, una noche estrellada, cuidar un arrecife, sumergirnos en el turquesa líquido para ver los colores o mirar en la playa las tortugas balbuceantes que se dirigen al mar?
¿La tecnología para qué es, para quién es? ¿Para qué nos sirve tanta tecnología si la automatización deja sin empleo a las familias? Decía Roberto Servitje: “¿Si mandamos a la calle a nuestros trabajadores quién nos comprará el pan?”
El descuido de la naturaleza refleja el descuido del hombre; refleja nuestra falta de conciencia de lo que somos y para qué estamos en esta tierra. Cuidemos a los niños, a las familias y a nuestros trabajadores, puesto que en la medida en la que se valore al hombre, se cuidará la naturaleza, sus trabajos, casas y familias. Las empresas deberían dedicar días al cuidado de sí mismo, del entorno y de la naturaleza cercana.
Perder nuestra tierra, es perder la vida. Desde ahí, podríamos hacer una analogía en relación con el empleo. Si no se crean trabajos duraderos que generen divisas sin dañar la naturaleza, perderemos todos, pues se trata de sostener a largo plazo los empleos sin perjudicar el medio ambiente que nos sostiene, sin producir contaminación. Los límites del crecimiento hacen sonar la alarma ecológica.
Queda, finalmente, una tremenda pregunta. ¿Cómo lograr la sustentabilidad económica y, al mismo tiempo, cuidar el medio ambiente? ¿Cómo lograr trabajos duraderos y agradables? ¿Cómo controlar este crecimiento de cemento y fierros que es insensible a la naturaleza? No se trata de poner curitas al cáncer. No basta con evitar usar popotes, hay que hacer cambios profundos y recuperar nuestros ríos y bosques, recuperar la naturaleza humana y respetar sus leyes universales.
El primer ser autosustentable tiene que ser el trabajador. El gobierno, los empresarios y nosotros mismos tenemos que generar y dar trabajo a otros así como crear oportunidades de desarrollo (¡hay tanto por hacer y por recuperar!) A través de la capacitación y el entrenamiento en habilidades múltiples. La mejor forma de crecer es lograr ser mejor seres humanos en todos sentidos. Esto empieza desde que nacemos, por eso cuidemos la tierra en la que van a crecer nuestros niños con mayor conciencia; no destruyamos nuestro ecosistema para poder fluir con amor por la vida, con biofilia y no con la necrofilia devastadora de un crecimiento económico sin ser humano, sin naturaleza y sin futuro.

Jorge Andere Martínez

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